Aprender a comer sin miedo

«No quiero dejar de comer lo que me gusta»… ¿Cuántas veces has escuchado esta frase, o incluso la has dicho tú mismo/a, al pensar en ir al nutricionista?

De más joven siempre fui de contextura delgada, pero con los años el cuerpo empezó a cambiar. Subí de peso y, por más que le metiera ganas al ejercicio, no cambiaba nada. Intenté un par de consultas que pararon con la pandemia, pero al volver a la rutina, bastó toparme con unas fotos para ser honesta conmigo: necesitaba ayuda, y sola no estaba pudiendo ordenar mis hábitos.

Mi primer paso fue ir al endocrinólogo para entender qué pasaba adentro con mis hormonas y mi metabolismo (además del SOMP que ya conocía). Resultó que también había hipotiroidismo. Con ese panorama médico claro, el siguiente paso obligado era buscar a alguien de nutrición.

Haber llegado a esa primera cita con mis exámenes listos nos facilitó la vida; sabíamos exactamente a dónde teníamos que apuntar.

Desde el inicio tenía algo claro: no quería dietas imposibles que te amargan, sino aprender a comer bien, en paz y a largo plazo, sin ponerle una cruz a ningún alimento. (Claro, si tienes alguna condición médica puntual, alergias o intolerancias donde toque retirar algo específico, es otro tema).

Ya van tres años de la mano con mi nutricionista. Y como cualquier vínculo, hay meses donde todo va sobre ruedas y otros donde cuesta el doble. Pero el cambio de fondo ha sido lo mejor: aprendí a nutrirme sin pasar hambre, sin vivir con culpa y, sobre todo, sin perderme un cumpleaños o una salida especial por estar contando calorías en la cabeza.

La clave de todo estuvo en el enfoque. Encontrar a alguien que te pregunte qué disfrutas comer, qué no pasas, que te dé opciones reales y te enseñe sobre porciones te cambia el juego por completo. Ya no existe la excusa del «pollo hervido con brócoli», ni el aburrimiento de comer siempre lo mismo. De pronto sales a un restaurante, y puedes elegir de un menú con total tranquilidad y criterio.

Al final del día, ir a consulta no tiene por qué ser un examen donde te van a regañar. Es sumar un aliado para tu salud de hoy y para llegar a viejitos con energía y dignidad. Se trata de adquirir autonomía: entender qué le sienta bien a tu cuerpo y qué te conviene moderar, pero desde el autocuidado y no desde el castigo.

Por eso creo que hoy, con las redes sociales a mano, vale mucho la pena investigar el estilo de los profesionales antes de agendar. Busca a alguien con quien realmente hagas rapport, alguien con quien hagas clic de verdad: esa persona a la que le puedas contar tu rutina real, con quién no sientas vergüenza de decir «esta semana me comí varios dulces y no pude organizarme», sabiendo que te va a escuchar con empatía, sin juzgarte y buscando soluciones que encajen en tu vida real.

Ahora dime, ¿aún tienes dudas de asistir a una consulta de nutrición? Si ya has ido a una, ¿qué ideas preconcebidas cambiaron después de ir? Te leo en los comentarios.

Hasta el próximo post,
Madeline

SOMP: Síndrome Ovárico Metabólico Poliendocrino

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